ELECCIONES SINDICALES 2010 EN LA ENSEÑANZA
las cuatro derrotas de los profesores ciegos
La fuerza y la unidad sindical en España la echó a perder intencionadamente la UGT, sindicato anticomunista del postfranquismo, que nunca quiso unidad con Comisiones Obreras, cuya unidad era la nuestra y nuestra fuerza. Ya en la democracia, la unidad siguió rompiéndose por culpa de los llamados sindicatos profesionales: maquinistas sindicados sin los mozos de andén, pilotos al margen del personal de tierra, profesores sin maestros; entre nosotros: el sindicato USTEA. Primera derrota: adiós al cuerpo único de enseñantes.
El sindicato USTEA propició aquel sindicalismo profesional y el siguiente fracaso, porque íbamos a vernos aislados y sin fuerza y, para colmo, pagados con la misma moneda por parte de la Universidad. Si predicas el jódete maestro («que yo hice unas oposiciones distintas a las tuyas»), entenderás que te digan: «¡jódete, licenciado.» Segunda derrota: adiós a la carrera docente.
A la hora de defender nuestros derechos, tarde y con dolor descubrió USTEA que la presión y peso del profesorado de bachillerato o de instituto no es comparable con pilotos y controladores, que nuestras huelgas (muy mediatizadas por el descuento en nómina) no paralizaban el país, que no éramos un sector vital estratégico y que, encima, estábamos desprestigiándonos a pasos agigantados ante la sociedad y las Ampas, que se nos echaban encima. Paralelamente, un enemigo, un troyano, se había instalando entre nosotros: el profesorado procedente de la antigua formación profesional, quien, desde despachos y consejerías, se vengaba entonces del señoritismo que el bachillerato había gastado. Como enemigos en casa, magisterios y ex de la efepé vinieron a terminar con los pocos privilegios que le quedaban al viejo bachillerato. El cuerpo único a su manera iba a ser cierto, pero igualando a la baja: ahí están las 25 horas. Tercera derrota: adiós a los derechos adquiridos.
La última fase del despropósito la protagoniza APIA, pura esclerosis.
Si APIA y USTEA no saben escenificar su condición laboral y funcionaria de servicio público docente, tampoco asumen ‑y esto debería darles vergüenza‑ el principio de enseñanza universal, algo que en medicina o en justicia, está hace mucho tiempo asumido. Entre docentes, se sigue [mal]pensando que la enseñanza, títulos y educación son algo voluntario por parte del alumnado, cuando la verdad es que no: como la salud y los derechos humanos, la enseñanza se debe ejercer incluso contra la voluntad de las personas, nadie tiene derecho a no ser enseñado ni instruido, sencillamente eso es algo que la ciudadanía y el Estado no pueden permitirse. «El que no quiera estudiar, que no estudie» es tan absurdo como «el que no quiera vacunarse, que no se vacune», «el que quiera contagiar, que contagie», o «el que quiera silla eléctrica, que pase y se electrocute.» El día que el colectivo lo entienda desaparecerán esos cantos a la calidad perdida, esas elegías a la enseñanza de antes. Calidad y cantidad están siempre reñidas, también en la enseñanza, ¿pero podríamos negarnos al bien que trae consigo la escolarización universal, con cuantos más medios (TIC, ordenadores), mejor, y cuantos más años (obligatoria hasta los 18), mejor que mejor? Por supuesto, no se imparte igual en un colegio de nobles que en un instituto de barriada, pero eso ya lo sabíamos. Era la cuarta y hasta cierto punto lógica derrota: la calidad de la enseñanza pública si no aumentan presupuesto e igualdad de oportunidades.
Todo esto lo digo con la boca chica el mismo día que las elecciones sindicales ya están hechas, nadie vaya a pensar que estaba haciéndole la campaña a alguna sigla. De mi escrito se deduce que yo votaría por Comisiones Obreras pero les juro que, desde que Comisiones se ha hermanado en la institución sindical con la UGT, desde que Comisiones se lo ha creído, ha dejado de interesarme. Para hacer el sindicalismo que hace, Comisiones Obreras no me necesita, aunque yo la verdad es que sí: yo necesitaría un sindicalismo no subvencionado y leñero. Es mi última y más íntima derrota. [Daniel Lebrato, dos del doce, 2010]